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El niño que no obedece

Debemos encontrar el equilibrio entre quedar exhaustos de repetir, discutir, consentir o regañar y dar un número de órdenes racionales para que el niño no se pase la vida obedeciendo instrucciones. Hay que ser amable y razonable en el tono y en lo que solicita. Los niños son hábiles en aprender el tiempo exacto que tardan sus padres en enfadarse lo suficiente como para obligarlos a obedecer. A veces la falta de respuesta es pura rebeldía y se produce por pedir demasiado, demasiado rápido o por expresarnos claramente.

Posibles soluciones:

Definir lo que se quiere con palabras sencillas y comprensibles. Limitar el número de normas, órdenes y demandas. Pensar antes de hablar. Obtener la atención del niño, porque este a menudo está sumergido en sus actividades. Pensemos lo que decimos y digamos los que pensemos. No le pidamos cosas innecesarias. Si es necesario, convirtamos en un pequeño juego el orden. Es bueno supervisar la actuación del niño mientras cumple las órdenes. Hay que ser positivo y agradecerle lo que hace. Si la situación se hace difícil, podemos guiarlo con la mano o ponerlo en acción, o bien decirle que vamos a contar hasta tres y luego empezará a hacerlo si intenta hacerlo y no sabe, debemos ayudarle.

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